“La vida es así de grande¨

Lo suficiente como para viajar seis horas en avión por 42 dólares, pero eso es lo menos. Como para conocer personas de buenas y de malas, comer pollo agridulce por 39 pesos y que garantice los nutrientes necesarios como para poder llegar a ser el próximo phD más grande del planeta tierra.
Lo suficientemente grande como para caminar y caminar hasta el agotamiento y seguir sintiendo las ganas de querer seguir caminando, para seguir conociendo. Como para bajar 20 pisos por las escaleras de emergencia y necesitar regresar otros 7 porque en el PB y los otros 6 no se podía salir, y disfrutarlo.
De tal tamaño es, que se quede engolosinado de sabor con una clam chowder, con una barra de blueberry orgánica, con una interminable cama de almejas y mejillones en su concha, una Coke Zero o con un exquisito alambre preparado por Caro y la Titi con carne suavecita y en tacos a 5 mil kilómetros de la frontera mexicana.
Tan grande como para que la vida experimentada 8 días antes a su término se la pase todo el día, estando dormido o despierto, pasando constantemente las escenas protagonizadas, una a una, hasta que todas se repitan y vuelvan a correr, sin olvidarse, sintiéndose en la piel y dentro de los propios ojos.
Su capacidad de remontar es tal también que el olor del metro es el que se recuerda del viaje anterior, en famosa isla cercana al destino aquí en cuestión. Tan grande es que se puede jugar a las adivinanzas con unos paisanos latinoamericanos de la bagels meals para ver si se logra identificar la nacionalidad de cada uno a partir de su cantado, cuando dos minutos atrás la cajera se rehusaba a atenderme en español (ya después hasta dijo que el pavo ahumado no era ahumado, ni tampoco pavo).
Gracias a la vida por la oportunidad de conocer Boston. Gracias a los que se interesaron en nosotros y a todos los que cruzaron un momento de vida suyo con el nuestro. Gracias a quienes han participado en la construcción de una ciudad tan especial, con tanto que dar.
Pero en especial gracias a la familia Zaldívar, que con su entrega absoluta todos, los de Echegaray y los de North Attelboro nos recibieron en Massachusetts con amor y pasión incondicionales. Pero de todo, la vida expresó mejor su grandeza cuando Daniel, de dos años, me regaló un cariñoso y espontáneo “Gracias por salir a jugar conmigo en la resbaladilla”, mientras esperábamos la cena en casa. Así de grande es la vida. Y lo que con ellos nos falta a los Titos por vivir.
